Estrecho de Magallanes: 183 años de vigilancia, control y soberanía efectiva
- Por Ramón Rada Jaman, gerente de Operaciones de Soilfe; y presidente del Comité de Innovación del IIMCh
La historia atribuye a Bernardo O’Higgins, en su lecho de muerte, sus últimas palabras: “Magallanes, Magallanes”. Una visión que anticipaba una responsabilidad fundamental para Chile: ocupar, poblar y asegurar su frontera austral. Esa visión se materializó en 1843 y, a mi juicio, sigue plenamente vigente: la soberanía sobre el Estrecho de Magallanes no se sostiene únicamente en la historia, sino en la capacidad de Chile de mantener una presencia efectiva y permanente.
El 22 de mayo, la goleta Ancud zarpó desde Chiloé bajo el mando de John Williams con una misión enorme para una joven República: hacer efectiva la presencia chilena en el Estrecho de Magallanes. El 21 de septiembre llegó a Punta Santa Ana, donde se izó nuestro pabellón y, con 21 cañonazos, se proclamó formalmente la toma de posesión
Desde entonces, durante 183 años, Chile ha mantenido una presencia republicana continua en Magallanes, construyendo desarrollo, cultura y soberanía efectiva, lo que explica la fuerza de Magallanes en nuestra literatura y nuestra historia. Pero ese legado también nos plantea una obligación: la soberanía no puede ser entendida como un hecho consumado del pasado, sino como una responsabilidad que debe ejercerse en el presente.
Mateo Martinic entendió el Estrecho de Magallanes como un eje territorial y de soberanía bioceánica. Francisco Coloane transformó al mar austral en un personaje vivo, donde “el viento y la nieve machetean el alma”. Mauricio Massone nos mostró la ancestralidad de la presencia humana en nuestra Patagonia miles de años antes de la República. Y nuestra querida Patricia Stambuk rescató las memorias y culturas de nuestros pueblos originarios, del sacrificio, oficio y esfuerzo de los inmigrantes, definiendo al Estrecho de Magallanes como un lugar de encuentro y paz.
Todo ello demuestra que Magallanes es mucho más que una frontera geográfica. Es parte de nuestra identidad, pero también es un espacio estratégico cuya importancia trasciende nuestras fronteras. Y precisamente por eso, considero que Chile no puede permitirse mirar el Estrecho únicamente desde una perspectiva histórica o patrimonial: debemos asumirlo como una reponsabilidad estratégica permanente.
El Tratado de Límites de 1881 entre Chile y Argentina estableció la neutralidad perpetua del Estrecho y aseguró la libre navegación para las banderas de todas las naciones. Pero la libre navegación nunca ha significado ausencia de soberanía. Por el contrario, supone para Chile la responsabilidad de garantizar seguridad, vigilancia, asistencia y presencia permanente en uno de los pasos marítimos más estratégicos del planeta.
Nuestra historia demuestra que esa presencia nunca ha sido meramente simbólica. En 1916, desde Punta Arenas zarpó la escampavía Yelcho, comandada por el piloto Luis Pardo Villalón, para rescatar a los 22 expedicionarios del Endurance atrapados en Isla Elefante. Chile demostraba entonces al mundo su capacidad real de actuar en los mares australes y proyectarse hacia la Antártica.
La Ancud y la Yelcho: dos pequeñas embarcaciones, dos enormes gestas nacionales y una misma enseñanza. La soberanía se construye llegando con presencia, permaneciendo con vocación y actuando con decisión. Y esa enseñanza sigue siendo especialmente relevante en un escenario en que las rutas marítimas, la conectividad y los espacios australes adquieren cada vez mayor importancia estratégica.
Hoy esa responsabilidad permanece vigente. Chile es una nación profundamente marítima, de vocación bioceánica, tricontinental y con proyección antártica. En esa geografía, Magallanes no debe entenderse como el extremo sur de Chile, sino como uno de nuestros grandes puentes de conexión al mundo, una puerta de comunicación y cooperación.
Por eso, el legado de quienes navegaron en la Ancud y la Yelcho exige algo más que reconocimiento histórico. Exige mantener una Armada moderna, preparada, tecnológicamente avanzada y permanentemente presente en nuestros mares australes; capaz de vigilar, asistir, rescatar, proteger y disuadir. No basta con haber ejercido soberanía durante 183 años: debemos tener la capacidad de seguir ejerciéndola de manera efectiva durante los próximos 183.
Ese, a mi entender, es el verdadero deber histórico que representa nuestra bandera desde hace 183 años en el Estrecho de Magallanes: presencia permanente, capacidad efectiva y soberanía chilena ejercida con certeza y acción en el mar.
