Octubre 4, 2026

Día Mundial del Hábitat: académicos del INVI llaman a ampliar la mirada sobre la crisis habitacional y las formas de habitar

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  • En el marco del Día Mundial del Hábitat, que se conmemora a nivel internacional cada 5 de octubre, académicos y académicas del Instituto de la Vivienda (INVI) de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la U. de Chile reflexionan sobre los principales desafíos que enfrenta actualmente el hábitat residencial. Desde distintas perspectivas, plantean la necesidad de superar una mirada centrada exclusivamente en el déficit de viviendas y avanzar hacia una comprensión más amplia, que considere las condiciones ambientales, territoriales y sociales en que las personas desarrollan su vida cotidiana.

¿Qué significa realmente habitar? Para el Instituto de la Vivienda (INVI) responder esta pregunta requiere mirar más allá de la vivienda como unidad física y atender a las múltiples condiciones que hacen posible una vida digna en los territorios. La crisis habitacional, sostienen sus académicos y académicas, no se expresa únicamente en la falta de viviendas, sino también en la calidad de los barrios, el acceso a servicios y equipamientos, las condiciones ambientales, las formas de densificación, la seguridad residencial, los cuidados y las posibilidades de participación y organización de quienes habitan.

A partir de sus distintas líneas de investigación, los integrantes del INVI identifican ocho desafíos que consideran fundamentales para pensar el hábitat contemporáneo: comprender la crisis habitacional más allá del déficit; avanzar hacia un hábitat equitativo y ambientalmente responsable; comprender las implicancias de habitar en densidad; recuperar la función social de la vivienda y poner la vida cotidiana en el centro; garantizar condiciones efectivas para habitar; recuperar la capacidad colectiva de producir el hábitat; generar conocimientos comunes para transformar los territorios; y asumir la reparación y el cuidado como responsabilidades permanentes. En conjunto, estas miradas proponen abrir una discusión sobre las transformaciones necesarias para construir territorios más habitables, reconociendo la diversidad, las experiencias y los conocimientos de quienes los viven cotidianamente.

Comprender la crisis habitacional más allá del déficit de viviendas

Luis Campos Medin

Hablar de crisis habitacional no puede reducirse a calcular cuántas viviendas faltan. La precariedad del hábitat involucra un conjunto mucho más amplio de condiciones que inciden en la experiencia cotidiana de las personas y también en sus expectativas, posibilidades de acción y horizontes de futuro. La calidad de la vivienda, del barrio y del entorno donde transcurre la vida cotidiana importa tanto como el acceso a una unidad habitacional.

Ampliar esta mirada implica también ampliar las respuestas. Junto con la producción convencional de vivienda, necesitamos reconocer y fortalecer alternativas cooperativas, autogestionadas y otras formas de producción y acceso al hábitat capaces de responder a distintas necesidades y formas de organización que provienen de las y los habitantes.

El desafío es dejar de entender la crisis exclusivamente como un problema de cantidad y comenzar a abordarlo desde las necesidades y contribuciones de los y las habitantes.

Garantizar un hábitat equitativo y ambientalmente responsable

Gabriel Felmer-Plominsky

Garantizar viviendas que proporcionen condiciones adecuadas de habitabilidad y calidad ambiental, independientemente de los ingresos de sus habitantes o del territorio donde se localice. Esto implica considerar el confort térmico, la calidad ambiental interior y el consumo energético, especialmente frente a los efectos crecientes del cambio climático. Desde esta perspectiva, la pobreza energética constituye una expresión crítica de desigualdades que no siempre son visibles mediante indicadores económicos convencionales y que se intensifican frente a las nuevas condiciones climáticas.

Al mismo tiempo, necesitamos reducir el impacto ambiental asociado a la producción habitacional. Construir, mantener y renovar viviendas supone un enorme consumo de energía utilizada durante su operación, así como los impactos derivados de los materiales y sistemas constructivos a lo largo de su ciclo de vida. Por ello, mejorar las condiciones de habitabilidad debe ir de la mano de nuevas formas de producción de menor impacto que incorporen circularidad, materiales renovables y nuevas soluciones biobasadas capaces de disminuir las emisiones y el consumo de recursos.

El desafío es avanzar simultáneamente hacia viviendas que mejoren la vida de quienes las habitan y reduzcan la presión ambiental asociada a su producción y funcionamiento.

Comprender qué significa realmente habitar en densidad

Mónica Aubán

En las últimas décadas, Santiago y otras ciudades de Chile han asistido a intensos procesos de verticalización y densificación, que traen consigo cambios profundos en los modos de habitar. Estos se expresan a través de distintas escalas, prácticas y formas de uso y ocupación de los barrios, las calles y las viviendas. Así, desde las alteraciones en el paisaje urbano producido por la emergencia de grandes torres hasta la reducción al mínimo de los espacios comunes y domésticos, pasando por los movimientos vecinales de oposición a la construcción de nuevos edificios, los procesos de verticalización y densificación traen consigo implicaciones complejas.

Desde el ámbito de la arquitectura, uno de los desafíos radica en la necesidad de generar formas de caracterización de la densidad edificatoria que permitan comprender y analizar sus efectos sobre los modos de habitar. Si bien, las demandas en favor de promover valores de densidad sostenibles, equilibrados o armónicos resultan alentadoras, la referencia habitual a este parámetro a partir de cifras que se limitan a informar sobre el número de viviendas o habitantes por hectárea vuelve difícil determinar cuáles son los valores óptimos para lograr esta densidad equilibrada o armónica.

Más allá de lo cuantitativo, la identificación de este valor no debería desligarse del reconocimiento de todos esos efectos territoriales, barriales, corporales y sensibles que el habitar en densidad produce y reproduce. Algo que se vuelve especialmente relevante en un contexto como el actual, en el que el rechazo ciudadano a las iniciativas de verticalización y densificación convive con la propuesta de marcos normativos que promulgan el incremento de los niveles máximos de densidad.

La actual convergencia entre una crisis habitacional y una climática hace que los procesos de densificación sean una herramienta indispensable para los desarrollos urbanísticos a futuro. Avanzar entonces en un conocimiento pormenorizado y situado de las implicaciones del habitar en densidad es hoy una tarea urgente.

Recuperar la función social de la vivienda y poner la vida cotidiana en el centro

Valentina Saavedra

En un contexto marcado por la preocupación por el crecimiento, la inversión y el funcionamiento de los mercados, la vivienda aparece cada vez más como un activo de inversión y acumulación. Pero la vivienda es, antes que todo, el lugar donde vivimos y una condición fundamental para el ejercicio de los derechos. El déficit habitacional, las crecientes dificultades de acceso a la propiedad y el aumento del costo del arriendo hacen necesario volver a poner su función social en el centro de la discusión.

Esto debe llevar a preguntarnos cómo garantizar estabilidad, asequibilidad y seguridad residencial, así como qué viviendas y entornos estamos produciendo. Las viviendas y barrios no son espacios neutrales, estas condicionan nuestra vida cotidiana, la distribución de los cuidados y el trabajo doméstico, y ante esto no afectan de la misma manera a todas las personas y tienen importantes diferencias de género.

El desafío de avanzar hacia políticas que incorporen criterios de género en el diseño, localización y evaluación de la vivienda, y que permitan reconocer la diversidad de hogares y formas de habitar. Es decir, una política centrada en sostener la vida cotidiana, reconociendo que las diferentes modalidades de tenencia constituyen oportunidades para responder a la diversidad de necesidades de la población.

Recuperar la función social de la vivienda supone priorizar las necesidades de quienes la habitan en relación con su producción, gestión y regulación, poniendo la vida cotidiana en el centro.

Más allá de la vivienda: garantizar condiciones para habitar

Rebeca Silva 

Ampliar la mirada desde la producción de vivienda hacia las condiciones que hacen posible habitar dignamente. Resolver el déficit habitacional sigue siendo urgente, pero disponer de una vivienda no garantiza por sí solo habitar bien. La vivienda forma parte de un territorio y de un conjunto de relaciones con el barrio, la movilidad, los servicios y equipamientos, los espacios públicos, las redes de apoyo, los cuidados y las condiciones ambientales.

Esto supone avanzar desde la disponibilidad hacia la accesibilidad y la efectividad de uso. No basta con que una vivienda, un servicio, un equipamiento o un espacio público exista o esté próximo. Es necesario preguntarse si las personas pueden efectivamente acceder, utilizarlos, permanecer, apropiárselos y beneficiarse de ellos en su vida cotidiana. Una plaza puede estar disponible y cercana, pero no ser utilizable frente al calor o para una persona con movilidad reducida; un servicio puede existir, pero ser difícil de alcanzar para quien realiza tareas de cuidado; una vivienda puede cumplir estándares físicos, pero localizarse en un entorno que restringe la autonomía, los vínculos o el acceso a oportunidades.

Por ello, las desigualdades del hábitat no se expresan únicamente en qué existe y dónde, sino también en las posibilidades efectivas de uso y apropiación que los territorios ofrecen a quienes los habitan. Estas posibilidades varían según los cuerpos, la edad, el género, la discapacidad, las condiciones socioeconómicas, las responsabilidades de cuidado y los distintos momentos del curso de vida. No considerar esta diversidad puede producir y reproducir desigualdades, aun cuando exista disponibilidad de vivienda, infraestructura o servicios.

El desafío es, entonces, pasar de medir solamente lo que producimos a comprender lo que esa producción permite hacer: acceder, desplazarse, permanecer, encontrarse, cuidar y ser cuidado, adaptarse y participar. En definitiva, preguntarnos qué posibilidades de habitar estamos produciendo, para quiénes y en qué condiciones.

Recuperar la capacidad colectiva de producir el hábitat

Jorge Larenas 

La noción de comunidad ha sido capturada por la política pública y la ha despojado de su dimensión política y transformándola en una herramienta para gobernar. Resulta cada vez más raro encontrar comunidades autoconvocadas, que se articulen por intereses y necesidades propias y que desplieguen una capacidad de agencia colectiva. Por el contrario, existe una masiva proliferación de comunidades producidas por mecanismos institucionales, que se articulan en torno a intereses de la política pública, que define objetivos, formas organizativas, recursos, dependencia de la capacidad de agencia individual de las dirigencias y va disponiendo determinados tipos de prácticas y moldeando modos de habitar funcionales a los intereses de la política pública.

Cuando las formas de organización, sus objetivos y recursos están excesivamente predeterminados institucionalmente, existe el riesgo de debilitar la autonomía, la capacidad de agencia y su sentido emancipatorio y opera como una herramienta de disciplinamiento. El desafío pasa por promover otros modos de producción del hábitat, menos tutelados y más autónomos y autogestionados, con capacidad reflexiva y con posibilidad de imaginar otros futuros y de agenciar dicha imaginación..

Producir conocimientos comunes para transformar el hábitat

Carlos Lange

La producción del hábitat involucra a múltiples agentes, que poseen experiencias, prácticas y formas de conocimiento diversos. Entre ellas, resulta especialmente relevante reconocer y sistematizar las experiencias y prácticas cotidianas de quienes habitan los territorios, no solo como fuente de información, sino como parte de su propia contribución a la producción de conocimiento sobre el hábitat residencial.

En períodos de crisis como el actual, el desafío es generar conocimientos comunes capaces de articular y reconocer a los distintos agentes sociales, poniendo en valor los saberes que se producen cotidianamente en los territorios.

Esta valoración y construcción colectiva de conocimiento puede contribuir, a su vez, a la emergencia de nuevos agenciamientos urbanos. Es decir, nuevas articulaciones, capacidades y formas de acción entre habitantes y otros actores vinculados a la producción del hábitat. Se trata, por tanto de generar conocimientos que permitan ampliar las capacidades colectivas para intervenir y transformar nuestros territorios.

Hacer de la reparación y el cuidado una responsabilidad permanente

Paola Jirón

Al recorrer los barrios del país se constata una planificación descoordinada, que deja territorios inconexos, sin equipamiento ni servicios y con dificultades de acceso. A esto se suma el abandono público: viviendas sin mantención, escaleras rotas, juegos que no funcionan, pavimentos que no existen, plazas descuidadas y lugares sin inversión por años. Incluso donde hay intervención, las soluciones suelen quedar inconclusas, ser inadecuadas, deteriorarse pronto o tardar años en concretarse.

El desafío es reparar los impactos de una forma de planificar que han fragmentado nuestros territorios. Esta falta de reparación no transforma las causas estructurales de la desigualdad. Lo que debe repararse es material, pero también social y simbólico. Reparar es mucho más que destinar algunos recursos a sectores de bajos ingresos: exige una intención transformadora. Reparar implica además reconocer los saberes múltiples y situados, y reparar los daños históricos.

Mantener y reparar son, en el fondo, formas de cuidado: implica estar atentos a quienes son más vulnerables, hacerse responsables y responder a tiempo cuando algo falla. Las viviendas y los barrios se desgastan y se rompen, y eso no es una excepción sino una condición permanente. Por eso reparar no es un arreglo único, sino un compromiso continuo, que exige cuidado al intervenir, al habitar y al investigar nuestros territorios. Esto no implica idealizar la reparación. Cuando el Estado se retira, la reparación comunitaria puede ser abandono disfrazado de autonomía, y quienes cuidan suelen hacerlo en condiciones precarias. Tampoco toda reparación transforma: si la segregación o la mala calidad original persisten, se corre el riesgo del parche. Importa preguntar qué se repara, quién decide y quién carga con ese trabajo.

En contextos de policrisis y ajustes presupuestarios, el esfuerzo de las personas resulta insuficiente sin apoyo sostenido del Estado y del sector privado. La reparación debe dejar de depender de ciclos presupuestarios y asumirse como responsabilidad permanente, uniendo la planificación reparativa, centrada en daños históricos y redistribución, con los estudios de cuidado y mantención, centrados en lo cotidiano y material.

Una agenda para seguir construyendo

Estos desafíos muestran que enfrentar los problemas contemporáneos del hábitat exige mirar mucho más allá de la producción de nuevas viviendas. Implica preguntarnos por cómo habitamos, qué desigualdades reproducen nuestros territorios, cómo enfrentamos la crisis ambiental, quiénes participan de las decisiones y qué lugar damos al cuidado, la comunidad y la vida cotidiana.

Desde distintas perspectivas, las reflexiones reunidas aquí plantean una tarea común: avanzar hacia políticas y formas de producción del hábitat que reconozcan su complejidad y diversidad, y que pongan las necesidades, conocimientos y experiencias de quienes habitan en el centro. Estos desafíos no pretenden cerrar la discusión, sino abrirla, siendo una herramienta para dialogar con comunidades y otros actores sobre qué transformaciones necesitamos para construir colectivamente mejores formas de habitar.

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