La soledad de nuestros tiempos

Francisco Fuentes Contreras-compressed

Qué contradictorio resulta escribir sobre la soledad en tiempos en que los medios de comunicación y la tecnología nos hablan de una intercomunicación constante. Las nuevas tecnologías, si bien nos mantienen disponibles, no necesariamente nos ayudan a estar más cerca ni más cohesionados como seres humanos; al parecer, tampoco colaboran para que las personas se sientan menos solitarias. Los números son elocuentes: la Encuesta Nacional Bicentenario de la Universidad Católica (2025) reveló que un 48% de las personas declaró sentirse sola durante la última semana. La cifra aumenta a un preocupante 62% entre los jóvenes de 18 a 24 años. Paradójicamente, quienes parecen estar más conectados son también quienes se sienten más solos.

La misma encuesta muestra que un 76% de los jóvenes no participa en ninguna organización ni grupo social. En el otro extremo de la vida, la soledad afecta al 49,2% de las personas mayores en Chile y un 56% presenta alto riesgo de aislamiento social, según el Observatorio del Envejecimiento UC-Confuturo (2025). En otras palabras, tener más contactos no significa necesariamente tener más compañía. Muchos de esos vínculos son funcionales o superficiales y no constituyen una verdadera red de apoyo.

No se trata de un fenómeno exclusivo de Chile. En junio de 2025, la Comisión de la Organización Mundial de la Salud sobre la Conexión Social informó que una de cada seis personas en el mundo vive afectada por la soledad. Esta paradoja -estar cada vez más conectados y, al mismo tiempo, sentirnos cada vez más solos- no habla solo de la cantidad de vínculos, sino de su calidad. Tener contactos no es tener comunidad.

¿Qué nos está pasando como sociedad? Hace ya varias décadas, el padre Hurtado planteaba una reflexión que hoy adquiere plena vigencia: “la crisis social es, ante todo, una crisis espiritual”. Si bien sus palabras estaban dirigidas a la pobreza material, hoy también podemos hablar de una pobreza del alma, entendida como la ausencia de vínculos significativos. Dar techo y pan sigue siendo necesario, pero resulta insuficiente si no restituimos la dignidad de las personas, si no las tratamos como hermanos y las hacemos partícipes de su propia felicidad. Como advertía el propio santo, podemos “socorrer un cuerpo, pero dejar el alma a la intemperie”.

Lo que Hurtado describía desde la espiritualidad, la sociología actual lo denomina erosión del capital social: la pérdida de las redes de confianza y reciprocidad que sostienen una comunidad. Ambos enfoques convergen en un mismo diagnóstico. Cuando una de cada dos personas se siente sola, hablamos de una sociedad fragmentada, donde el sentido de pertenencia se debilita. Esta realidad atraviesa generaciones: alcanza tanto al joven con cientos de contactos digitales y escasa participación comunitaria como al adulto mayor que pasa días sin que nadie le pregunte cómo está.

Siguiendo el ejemplo de Hurtado, como sociedad debemos reconstruir esos vínculos. A quienes viven aislados, tenderles redes; a quienes están solos, ofrecerles encuentros reales y espacios donde puedan sentirse parte de una comunidad. Si un 76% de los jóvenes no participa en organizaciones o grupos sociales, la tarea no es solo afectiva, sino también institucional: fortalecer espacios comunitarios, estudiantiles, vecinales y recreativos donde el sentido de pertenencia pueda florecer. En los jóvenes debemos promover relaciones humanas que complementen la conexión digital; en las personas mayores, recuperar la conversación, el saludo cotidiano y el interés genuino por el otro. “El que se da, crece”, nos enseñó el padre Hurtado. Transformémonos, entonces, en personas capaces de acoger, escuchar y acompañar, porque quien acompaña también descubre que nunca deja de ser acompañado.

Francisco Fuentes Contreras

Director del Centro de Análisis y Debate Público de la Universidad Católica de la Santísima Concepción (UCSC)

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